martes, 8 de octubre de 2013

Trabajar la Interculturalidad en Infantil.

Una forma de trabajar la interculturalidad con los más pequeños es a través de los rincones. Algunos ejemplos son:
- Rincón de la biblioteca: en el que podemos incluir cuentos tradicionales procedentes de distintas culturas.
- Rincón del ordenador: utilizando Internet para buscar información  sobre las costumbres, vestimentas, comidas, etc., de otros países.
- Rincón del juego simbólico: en el que se pueden realizar juegos de rol o juegos típicos de otros países.
- Rincón de arte: donde se pueden crear dibujos y murales para decorar la clase.

lunes, 7 de octubre de 2013

EDUCACIÓN MULTICULTURAL



La Casa de Halvar

Cuento Popular Sueco



   Hace muchos años, en los montes de Suecia, vivió un gigante llamado Halvar. Era un gigante pobre porque era bueno y generoso. Lo poco que tenía, lo regalaba, ya que nada le gustaba más que hacer felices a los demás.

La gente que pasaba por delante de su casa le saludaba y él siempre les ofrecía una de sus grandes sonrisas.

Un día que Halvar estaba sentado tomando el sol, pasó por allí un hombre que llevaba una vaca. El hombre tenía aspecto triste, y su vaca era un montón de huesos.

- Buenos días señor – dijo el campesino, que iba a la ciudad

- Buenos días, buen hombre- contestó Halvar -. ¿Vas al mercado a vender tu vaca?

- Sí- contestó – Mi esposa y yo vivimos en una granja no muy lejos de aquí. Me llevo la vaca a ver si me pagan por ella, aunque la pobre está tan flaca que no se si me darán algo para poder salir adelante. Necesito harina para hacer pan, porque pasamos mucha hambre.

Cuando el campesino se iba, el gigante le dijo:

-¡Espere!… Me gustaría hacer un trato con usted. Le cambio su vaca por siete cabras gordas y hermosas.

-No entiendo… Si tú eres tan pobre como yo ¿por qué ibas a hacer eso?

-Bueno… si puedo ayudarte, lo haré. Lleva la vaca a tu establo y cuando amanezca mañana, allí encontrarás lo que te ofrezco.


El hombre así lo hizo. Por la noche casi no pudo dormir. Le parecía imposible que existiera alguien tan generoso en este mundo y pensaba que el gigante le había engañado como a un tonto.

Por la mañana, se acercó al establo con su mujer y la vaca ya no estaba, pero en su lugar, había siete preciosas cabras. Saltaron y lloraron de felicidad y a partir de entonces, su suerte cambió.

Las cabras daban mucha leche para beber y hacer ricos quesos que luego vendían en el mercado. Con el dinero que obtenían, compraban gallinas ponedoras que daban sabrosos huevos, y semillas para plantar cereal para fabricar pan. Como tenían pan de sobra, también lo vendían y con las monedas que ganaban, se compraban ropas y artículos para la casa. Y así, el campesino y su mujer se hicieron ricos y se olvidaron de agradecer al buen gigante todo lo que había hecho por ellos

Pasó el tiempo, y un día, el campesino, pasó por delante de la puerta de Halvar. El gigante le vio y le llamó:

-¡Eh, amigo!… ¿Me recuerdas? ¿Por qué no entras a mi casa y me cuentas qué tal te ha ido la vida?..

-Me acuerdo de ti – dijo el campesino – pero tengo cosas muy importantes que hacer y no puedo ahora perder el tiempo contigo. Veo que sigues siendo un gigante pobre… Deberías invertir el dinero que te sobra y algún día, podrás ser un hombre rico e importante como yo.

Y se fue. Halvar se quedó triste y pensativo, mirando cómo desaparecía a lo lejos en su lustroso caballo. Pero enseguida sonrió pensando:

- Bueno… este hombre ahora es rico y feliz, y yo he contribuido a ello. No ha sabido agradecerlo, pero yo por eso no voy a cambiar. Siempre que pueda, seguiré ayudando a quien lo necesite.

Así que el gigante siguió feliz en su hogar, haciendo el bien a grandes y pequeños. Su casa era un lugar agradable donde todo el mundo era bienvenido y durante años muchos niños acudieron allí a jugar. Hoy en día, aunque él ya no vive allí, los niños de los alrededores siguen yendo a la casa de Halvar. Por eso en Suecia todo el mundo la conoce como “la casa de juego de los niños”.

domingo, 6 de octubre de 2013


MODELOS DE EDUCACIÓN MULTICULTURAL



EL PATITO FEO

¡Qué hermosa estaba la campiña! Había llegado el verano: el trigo estaba amarillo; la avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los pajares, en cuyos tejados se paseaba la cigüeña, con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que era la lengua que le enseñara su madre. 

Rodeaban los campos y prados grandes bosques, y entre los bosques se escondían lagos profundos. ¡Qué hermosa estaba la campiña! Bañada por el sol se levantaba una mansión señorial, rodeada de hondos canales, y desde el muro hasta el agua crecían grandes plantas trepadoras formando una bóveda tan alta que dentro de ella podía estar de pie un niño pequeño, pero por dentro estaba tan enmarañado, que parecía el interior de un bosque. En medio de aquella maleza, una gansa, sentada en el nido, incubaba sus huevos. Estaba ya impaciente, pues ¡tardaban tanto en salir los polluelos, y recibía tan pocas visitas! Los demás patos preferían nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle compañía y charlar un rato.

Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro. «¡Pip, pip!», decían los pequeños; las yemas habían adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita por la cáscara rota.

—¡Cuac, cuac! —gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre las verdes hojas. La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos.

—¡Qué grande es el mundo! —exclamaron los polluelos, pues ahora tenían mucho más sitio que en el interior del huevo.

—¿Creéis que todo el mundo es esto? —dijo la madre—. Pues andáis muy equivocados. El mundo se extiende mucho más lejos, hasta el otro lado del jardín, y se mete en el campo del cura, aunque yo nunca he estado allí. ¿Estáis todos? —prosiguió, incorporándose—. Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto aún. ¿Va a tardar mucho? ¡Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!

—Bueno, ¿qué tal vamos? —preguntó una vieja gansa que venía de visita.

—¡Este huevo que no termina nunca! —respondió la clueca—. No quiere salir. Pero mira los demás patitos: ¿verdad que son lindos? Todos se parecen a su padre; y el sinvergüenza no viene a verme.

—Déjame ver el huevo que no quiere romper —dijo la vieja—. Creéme, esto es un huevo de pava; también a mí me engañaron una vez, y pasé muchas fatigas con los polluelos, pues le tienen miedo al agua. No pude con él; me desgañité y lo puse verde, pero todo fue inútil. ¡A ver el huevo! Sí, es un huevo de pava. Déjalo y enseña a los otros a nadar.

—Lo empollaré un poquitín más —dijo la clueca—. ¡Tanto tiempo he estado encima de él, que bien puedo esperar otro poco!

—¡Cómo quieras! —contestó la otra, despidiéndose.

Al fin se partió el huevo. «¡Pip, pip!» hizo el polluelo, saliendo de la cáscara. Era gordo y feo; la gansa se quedó mirándolo:

—Es un pato enorme —dijo—. No se parece a ninguno de los otros; ¿será un pavo? Bueno, pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse a trompazos.

El día siguiente amaneció espléndido; el sol bañaba las verdes hojas de la enramada. La madre se fue con toda su prole al canal y, ¡plas!, se arrojó al agua. «¡Cuac, cuac!», gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo también; el agua les cubrió la cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron a nadar tan lindamente. Los patitos se movían por sí solas y todos chapoteaban, incluso el último polluelo gordote y feo.

—Pues no es pavo —dijo la madre—. ¡Fíjate cómo mueve las patas, y qué bien se sostiene! Es hijo mío, no hay duda. En el fondo, si bien se mira, no tiene nada de feo, al contrario. ¡Cuac, cuac! Venid conmigo, os enseñaré el gran mundo, os presentaré a los patos del corral. Pero no os alejéis de mi lado, no fuese que alguien os atropellase; y ¡mucho cuidado con el gato!

Y se encaminaron al corral de los patos, donde había un barullo espantoso, pues dos familias se disputaban una cabeza de anguila. Y al fin fue el gato quien se quedó con ella.

—¿Veis? Así va el mundo —dijo la gansa madre, afilándose el pico, pues también ella hubiera querido pescar el botín—. ¡Servíos de las patas! y a ver si os despabiláis. Id a hacer una reverencia a aquel pato viejo de allí; es el más ilustre de todos los presentes; es de raza española, por eso está tan gordo. Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es la mayor distinción que puede otorgarse a un pato. Es para que no se pierda y para que todos lo reconozcan, personas y animales. ¡Hala, sacudiros! No metáis los pies para dentro. Los patitos bien educados andan con las piernas esparrancadas, como papá y mamá. ¡Así!, ¿veis? Ahora inclinad el cuello y decid: «¡cuac!».

Todos obedecieron, mientras los demás gansos del corral los miraban, diciendo en voz alta:

—¡Vaya! sólo faltaban éstos; ¡como si no fuésemos ya bastantes! Y, ¡qué asco! Fijaos en aquel pollito: ¡a ése sí que no lo toleramos! —Y enseguida se adelantó un ganso y le propinó un picotazo en el pescuezo.

—¡Déjalo en paz! —exclamó la madre—. No molesta a nadie.

—Sí, pero es gordote y extraño —replicó el agresor—; habrá que sacudirlo.

—Tiene usted unos hijos muy guapos, señora —dijo el viejo de la pata vendada—. Lástima de este gordote; ése sí que es un fracaso. Me gustaría que pudiese retocarlo.

—No puede ser, Señoría —dijo la madre—. Cierto que no es hermoso, pero tiene buen corazón y nada tan bien como los demás; incluso diría que mejor. Me figuro que al crecer se arreglará, y que con el tiempo perderá volumen. Estuvo muchos días en el huevo, y por eso ha salido demasiado robusto —Y con el pico le pellizcó el pescuezo y le alisó el plumaje—. Además, es macho —prosiguió—, así que no importa gran cosa. Estoy segura de que será fuerte y se despabilará.

—Los demás polluelos son encantadores de veras —dijo el viejo—. Considérese usted en casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de traérmela.
Y de este modo tomaron posesión de la casa.

El pobre patito feo no recibía sino picotazos y empujones, y era el blanco de las burlas de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas. «¡Qué ridículo!», se reían todos, y el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se creía el emperador, se henchía como un barco a toda vela y arremetía contra el patito, con la cabeza colorada de rabia. El pobre animalito nunca sabía dónde meterse; estaba muy triste por ser feo y porque era la chacota de todo el corral.

Así transcurrió el primer día; pero en los sucesivos las cosas se pusieron aún peor. Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente, y no cesaban de gritar: 

—¡Así te pescara el gato, bicho asqueroso!

Y hasta la madre deseaba perderlo de vista. Los patos lo picoteaban; las gallinas lo golpeaban, y la muchacha encargada de repartir el pienso lo apartaba a puntapiés.

Al fin huyó, saltando la cerca; los pajarillos de la maleza se echaron a volar, asustados. «¡Huyen porque soy feo!», se dijo el pato y, cerrando los ojos, siguió corriendo a ciegas. Así llegó hasta el gran pantano, donde habitaban los patos salvajes; cansado y dolorido, pasó allí la noche.

Por la mañana, los patos salvajes, al levantar el vuelo, vieron a su nuevo campañero:

—¿Quién eres? —le preguntaron, y el patito, volviéndose en todas direcciones, los saludó a todos lo mejor que supo.

—¡Eres un espantajo! —exclamaron los patos—. Pero no nos importa, con tal que no te cases en nuestra familia. —¡El infeliz! Lo último que pensaba era en casarse, se daba por muy satisfecho con que le permitiesen echarse en el cañaveral y beber un poco de agua del pantano.

Así transcurrieron dos días, al cabo de los cuales se presentaron dos gansos salvajes, machos los dos, para ser más precisos. No hacía mucho que habían salido del cascarón; por eso eran tan impertinentes.

—Oye, compadre —le dijeron—, eres tan feo que te encontramos simpático. ¿Quieres venirte con nosotros y emigrar? Cerca de aquí, en otro pantano, viven unas gansas salvajes muy amables, todas solteras, y saben decir «¡cuac!». A lo mejor tienes éxito, aun siendo tan feo.

¡Pim, pam!, se oyeron dos estampidos: los dos machos cayeron muertos en el cañaveral, y el agua se tiñó de sangre. ¡Pim, pam!, volvió a retumbar, y grandes bandadas de gansos salvajes alzaron el vuelo de entre la maleza, mientras se repetían los disparos. Era una gran cacería; los cazadores rodeaban el cañaveral, y algunos aparecían sentados en las ramas de los árboles que lo dominaban; se formaban nubecillas azuladas por entre el espesor del ramaje, cerniéndose por encima del agua, mientras los perros nadaban en el pantano.

¡Plas, plas!, y juncos y cañas se inclinaban de todos lados. ¡Qué susto para el pobre patito! Inclinó la cabeza para meterla bajo el ala, y en aquel mismo momento vio junto a sí un horrible perrazo con medio palmo de lengua fuera y una expresión atroz en los ojos. Alargó el hocico hacia el patito, le enseñó los agudos dientes y, ¡plas, plas! se alejó sin cogerlo.

—¡Loado sea Dios! —suspiró el pato—. ¡Soy tan feo que ni el perro quiso morderme!

Y se estuvo muy quietecito, mientras los perdigones silbaban por entre las cañas y seguían sonando los disparos.

Hasta muy avanzado el día no se restableció la calma; pero el pobre seguía sin atreverse a salir. Esperó aún algunas horas: luego echó un vistazo a su alrededor y escapó del pantano a toda la velocidad que le permitieron sus patas. Corrió a través de campos y prados, bajo una tempestad que le hacía muy difícil la huida.

Al anochecer llegó a una pequeña choza de campesinos; estaba tan ruinosa, que no sabía de qué lado caer, y por eso se sostenía en pie. El viento soplaba con tal fuerza contra el patito, que éste tuvo que sentarse sobre la cola para afianzarse y no ser arrastrado. La tormenta arreciaba más y más. Al fin, observó que la puerta se había salido de uno de los goznes y dejaba espacio para colarse en el interior; y esto es lo que hizo.

Vivía en la choza una vieja con su gato y su gallina. El gato, al que llamaba «hijito», sabía arquear el lomo y ronronear, e incluso desprendía chispas si se le frotaba a contrapelo. La gallina tenía las patas muy cortas, y por eso la vieja la llamaba «tortita paticorta»; pero era muy buena ponedora, y su dueña la quería como a una hija.

Por la mañana se dieron cuenta de que había llegado un forastero, y el gato empezó a ronronear, y la gallina, a cloquear.

—¿Qué pasa? —dijo la vieja mirando a su alrededor. Como no veía bien, creyó que era un ganso cebado que se habría extraviado—. ¡No se cazan todos los días! —exclamó—. Ahora tendré huevos de pato. ¡Con tal que no sea un macho! Habrá que probarlo.

Y puso al patito a prueba por espacio de tres semanas; pero no salieron huevos. El gato era el mandamás de la casa, y la gallina, la señora, y los dos repetían continuamente: 

—¡Nosotros y el mundo! —convencidos de que ellos eran la mitad del universo, y aún la mejor. El patito pensaba que podía opinarse de otro modo, pero la gallina no le dejaba hablar.

—¿Sabes poner huevos? —le preguntó.

—No.

—¡Entonces cierra el pico!

Y el gato:

—¿Sabes doblar el espinazo y ronronear y echar chispas?

—No.

—Entonces no puedes opinar cuando hablan personas de talento.

El patito fue a acurrucarse en un rincón, malhumorado. De pronto se acordó del aire libre y de la luz del sol, y le entraron tales deseos de irse a nadar al agua, que no pudo reprimirse y se lo dijo a la gallina.

—¿Qué mosca te ha picado? —le replicó ésta—. Como no tienes ninguna ocupación, te entran estos antojos. ¡Pon huevos o ronronea, verás como se te pasan!

—¡Pero es tan hermoso nadar! —insistió el patito—. ¡Da tanto gusto zambullirse de cabeza hasta tocar el fondo!

—¡Hay gustos que merecen palos! —respondió la gallina—. Creo que has perdido la chaveta. Pregunta al gato, que es la persona más sabia que conozco, si le gusta nadar o zambullirse en el agua. Y ya no hablo de mí. Pregúntalo si quieres a la dueña, la vieja; en el mundo entero no hay nadie más inteligente. ¿Crees que le apetece nadar y meterse en el agua?

—¡No me comprendéis! —suspiró el patito.

—¿Qué no te comprendemos? ¿Quién lo hará, entonces? No pretenderás ser más listo que el gato y la mujer, ¡y no hablemos ya de mí! No tengas esos humos, criatura, y da gracias al Creador por las cosas buenas que te ha dado. ¿No vives en una habitación bien calentita, en compañía de quien puede enseñarte mucho? Pero eres un charlatán y no da gusto tratar contigo. Créeme, es por tu bien que te digo cosas desagradables; ahí se conoce a los verdaderos amigos. Procura poner huevos o ronronear, o aprende a despedir chispas.

—Creo que me marcharé por esos mundos de Dios —dijo el patito.

—Es lo mejor que puedes hacer —le respondió la gallina.

Y el patito se marchó; se fue al agua, a nadar y zambullirse, pero todos los animales lo despreciaban por su fealdad.

Llegó el otoño: en el bosque, las hojas se volvieron amarillas y pardas, y el viento las arrancaba y arremolinaba, mientras el aire iba enfriándose por momentos; se cernían las nubes, llenas de granizo y nieve, y un cuervo, posado en la valla, gritaba: «¡au, au!», de puro frío. Sólo de pensarlo le entran a uno escalofríos. El pobre patito lo pasaba muy mal, realmente.

Un atardecer, cuando el sol se ponía ya, llegó toda una bandada de grandes y magníficas aves, que salieron de entre los matorrales; nunca había visto nuestro pato aves tan espléndidas. Su blancura deslumbraba y tenían largos y flexibles cuellos; eran cisnes. Su chillido era extraordinario, y, desplegando las largas alas majestuosas, emprendieron el vuelo, marchándose de aquellas tierras frías hacia otras más cálidas y hacia lagos despejados. Se elevaron a gran altura, y el feo patito experimentó una sensación extraña; giró en el agua como una rueda y, alargando el cuello hacia ellas, soltó un grito tan fuerte y raro, que él mismo se asustó. ¡Ay!, no podía olvidar aquellas aves hermosas y felices, y en cuanto dejó de verlas, se hundió hasta el fondo del pantano. Al volver a la superficie estaba como fuera de sí. Ignoraba su nombre y hacia donde se dirigían y, no obstante, sentía un gran afecto por ellas, como no lo había sentido por nadie. No las envidiaba. ¡Cómo se le hubiera podido ocurrir el deseo de ser como ellas! Se habría dado por muy satisfecho con que lo hubiesen tolerado los patos, ¡pobrecillo!, feo como era.

Era invierno, y el frío arreciaba; el patito se veía forzado a nadar sin descanso para no entumecerse; pero, por la noche, el agujero en que flotaba se reducía progresivamente. Helaba tanto, que se podía oír el crujido del hielo; el animalito tenía que estar moviendo constantemente las patas para impedir que se cerrase el agua, hasta que lo rindió el cansancio y, al quedarse quieto, lo aprisionó el hielo.

Por la mañana llegó un campesino y, al darse cuenta de lo ocurrido, rompió el hielo con un zueco y, cogiendo el patito, lo llevó a su mujer. En la casa se reanimó el animal.

Los niños querían jugar con él, pero el patito, creyendo que iban a maltratarlo, saltó asustado en medio de la lechera, salpicando de leche toda la habitación. La mujer se puso a gritar y a agitar las manos, con lo que el ave se metió de un salto en la mantequera y, de ella, en el jarro de la leche ¡y yo qué sé dónde! ¡Qué confusión! La mujer lo perseguía gritando y blandiendo las tenazas; los chiquillos corrían, saltando por encima de los trastos, para cazarlo, entre risas y barullo. Suerte que la puerta estaba abierta y pudo refugiarse entre las ramas, en la nieve recién caída. Allí se quedó, rendido.

Sería demasiado triste narrar todas las privaciones y la miseria que hubo de sufrir nuestro patito durante aquel duro invierno.

Lo pasó en el pantano, entre las cañas, y allí lo encontró el sol cuando volvió el buen tiempo. Las alondras cantaban, y despertó, espléndida, la primavera.

Entonces el patito pudo batir de nuevo las alas, que zumbaron con mayor intensidad que antes y lo sostuvieron con más fuerza; y antes de que pudiera darse cuenta, se encontró en un gran jardín, donde los manzanos estaban en flor, y las fragantes lilas curvaban sus largas ramas verdes sobre los tortuosos canales. ¡Oh, aquello sí que era hermoso, con el frescor de la primavera! De entre las matas salieron en aquel momento tres preciosos cisnes aleteando y flotando levemente en el agua. El patito reconoció a aquellas bellas aves y se sintió acometido de una extraña tristeza.

—¡Quiero irme con ellos, volar al lado de esas aves espléndidas! Me matarán a picotazos por mi osadía: feo como soy, no debería acercarme a ellos. Pero iré, pase lo que pase. Mejor ser muerto por ellos que verme vejado por los patos, aporreado por los pollos, rechazado por la criada del corral y verme obligado a sufrir privaciones en invierno. —Con un par de aletazos se posó en el agua, y nadó hacia los hermosos cisnes. Éstos, al verle, corrieron a su encuentro con gran ruido de plumas.

—¡Matadme! —gritó el animalito, agachando la cabeza y aguardando el golpe fatal. 

Pero, ¿qué es lo que vio reflejado en la límpida agua? Era su propia imagen; vio que no era un ave desgarbado, torpe y de color negruzco, fea y repelente, sino un cisne como aquéllos.

¡Qué importa haber nacido en un corral de patos, cuando se ha salido de un huevo de cisne!

Entonces recordó con gozo todas las penalidades y privaciones pasadas; sólo ahora comprendía su felicidad ante la magnificencia que lo rodeaba.

Los cisnes mayores describían círculos a su alrededor, acariciándolo con el pico. Se presentaron luego en el jardín varios niños, que echaron al agua pan y grano, y el más pequeño gritó:

—¡Hay uno nuevo!

Y sus compañeros, alborozados, exclamaron también, haciéndole coro:

—¡Sí, ha venido uno nuevo!

Y todo fueron aplausos, y bailes, y brincos; y corriendo luego al encuentro de sus padres, volvieron a poco con pan y bollos, que echaron al agua, mientras exclamaban:

—El nuevo es el más bonito; ¡tan joven y precioso! —Y los cisnes mayores se inclinaron ante él.

Pero él se sentía avergonzado, y ocultó la cabeza bajo el ala; no sabía qué hacer, ¡era tan feliz!, pero ni pizca de orgulloso. Recordaba las vejaciones y persecuciones de que había sido objeto, y he aquí que ahora decían que era la más hermosa entre las aves hermosas del mundo. Hasta las lilas bajaron sus ramas a su encuentro, y el sol brilló, tibio y suave. Crujieron entonces sus plumas, se irguió su esbelto cuello y, rebosante el corazón, exclamó:

—¡Cómo podía soñar tanta felicidad, en aquellos tiempos en los que no era más que un patito feo!

CONCEPTOS RELACIONADOS CON LA INTERCULTURALIDAD


Esta imagen ha sido elaborada con una herramienta  que nos permite crear nubes de palabras con distintos estilos e iconos. En esta ocasión hemos incluido en ella conceptos relacionados con la interculturalidad que creemos muy importantes.

viernes, 4 de octubre de 2013

EXPERIENCIA INTERCULTURAL EN EL CEIP GALÁN Y GABRIEL

En este blog podemos ver las actividades realizadas durante la semana intercultural en el centro mencionado. Éstas nos pueden aportar ideas para llevar a cabo nuestras propias actividades en nuestro centro o aula.



jueves, 3 de octubre de 2013

HUGO, UN AMIGO CON ASPERGER





COMENZAMOS DESDE PEQUEÑOS

La escuela infantil es el lugar idóneo para trabajar valores y dentro de ellos la interculturalidad. A estas edades, familia y colegio presentan modelos de conducta y promueven, a través de la observación e imitación, la adquisición de hábitos que con el tiempo llegarán a racionalizarse. 

En esta etapa los momentos óptimos para desarrollar hábitos de orden, austeridad, obediencia y sinceridad, que más adelante se podrán asumir como valores y virtudes. 

Lo interesante es fomentar los "buenos sentimientos", promover en la infancia actitudes generosas y de preocupación y aceptación de los demás. 

Desde pequeños debemos trabajar valores de amistad, ayuda, respeto, tolerancia, compromiso, compartir, esfuerzo... Para ello realizaremos actividades para que niños y niñas expresen, se comuniquen, escuchen..todo en un clima de libertad, respeto y confianza.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Oliver y sus audífonos

El valor de la diversidad.

El pato en la escuela. Miguel Ángel Santos Guerra.

Cierta vez, los animales del bosque decidieron hacer algo para afrontar los problemas del mundo nuevo y organizaron una escuela. Adoptaron un currículo de actividades consistente en correr, trepar,nadar y volar y, para que fuera más fácil enseñarlo, todos los animales se inscribieron en todas las asignaturas.
El pato era estudiante sobresaliente en la asignatura de natación. De hecho, superior a su maestro. Obtuvo un suficiente en vuelo, pero en carrera resultó deficiente. Como era de aprendizaje lento en carrera tuvo que quedarse en la escuela después de hora y abandonar la natación para practicar la carrera. Estas ejercitaciones continuaron hasta que sus pies membranosos se desgastaron, y entonces pasó a ser un alumno apenas mediano en natación. Pero la medianía se aceptaba en la escuela, de manera que a nadie le preocupó lo sucedido salvo, como es natural, al pato.
La liebre comenzó el curso como el alumno más distinguido en carrera pero sufrió un colapso nervioso por exceso de trabajo en natación.
La ardilla era sobresaliente en trepa, hasta que manifestó un síndrome de frustración en la clase de vuelo, donde su maestro le hacía comenzar desde el suelo, en vez de hacerlo desde la cima del árbol. Por último enfermó de calambres por exceso de esfuerzo, y entonces, la calificaron con 6 en trepa y con 4 en carrera.
El águila era un alumno problema y recibió malas notas en conducta. En el curso de trepa superaba a todos los demás en el ejercicio de subir hasta la copa del árbol, pero se obstinaba en hacerlo a su manera.
Al terminar el año, un águila anormal, que podía nadar de forma sobresaliente y también correr y trepar y volar un poco, obtuvo el promedio superior y la medalla al mejor alumno.

¿Qué opináis de esta fábula?

ACTIVIDADES: JUGAMOS CON EL ESPAÑOL

En clase tenemos niños y niñas de diferentes países, pero en ocasiones el idioma limita la fluidez de relaciones entre el alumnado. Aprender palabras básicas es muy importante para ellos. Con estas actividades interactivas aprenderán de forma lúdica. Espero que os guste:





martes, 1 de octubre de 2013

EL CAZO DE LORENZO




Cuento ganador del Concurso Internacional de cuentos cortos de Educación en Valores y que trata los valores de la interculturalidad, la tolerancia y el respeto a los demás. Un cuento que podemos usar en el aula de infantil para trabajar estos valores, ya que a partir de él podemos crear un diálogo sobre qué harían ellos en el lugar de los personajes, y generar un clima de respeto a los demás y de las diferencias, ya que todos somos diferentes.

Fiesta de bienvenida...





Con el inicio del colegio, probablemente hayamos visto que en clase de nuestros hijos hay niños y niñas de diversas procedencias,  (o sus padres) que vienen de otros países y que se integran en nuestra comunidad. Una buena idea para ayudarlos precisamente a integrarse son las fiestas de bienvenida multicultural, donde se pone de manifiesto la gran riqueza de la diversidad.

Es una suerte poder estar en contacto con otras culturas desde el colegio. Los niños no entienden de color de piel, sólo de personas. No les importan las barreras lingüísticas, para jugar siempre hay un hueco. Les encantará conocer qué comen los niños de otras partes del mundo, cómo se saludan, dónde están sus países de origen…

Es  importante que los padres se impliquen en estas fiestas de integración y de disfrute de la diversidad.Conocernos un poco más, todos, siempre es positivo. Para aprender a respetar al otro hay que conocerlo.